Hay una pregunta que rara vez nos hacemos cuando abrimos el navegador, enviamos un mensaje o hacemos una videollamada: ¿de quién es la red que estamos usando? No nos referimos al contrato con el proveedor de Internet, sino a la infraestructura física —las antenas, los cables, los routers, las fibras— que hace posible que nuestros datos viajen de un punto a otro. En la inmensa mayoría de los casos, esa infraestructura pertenece a corporaciones privadas cuyas decisiones sobre dónde desplegar, a qué precio y con qué calidad responden a criterios de rentabilidad, no de equidad.
Pero existe otra forma de pensar las telecomunicaciones. Una forma donde la red no es un servicio que se contrata, sino una infraestructura que se construye colectivamente. Donde los usuarios no son consumidores pasivos, sino participantes activos en la operación y gobernanza de la red. Donde la conectividad se entiende como un bien común, no como una mercancía. Esa forma tiene nombre: red comunitaria.
Guifi.net: la prueba de que funciona
Si alguien duda de que las redes comunitarias pueden funcionar a escala, basta con mirar a Cataluña. Allí, en la comarca de Osona, un ingeniero llamado Ramón Roca fundó en 2004 lo que hoy es guifi.net: la red comunitaria más grande del mundo, con más de 40.000 nodos activos que proporcionan conectividad a miles de hogares, empresas e instituciones públicas en toda España.
Guifi.net nació de la frustración. En las zonas rurales de Cataluña, los operadores de telecomunicaciones no encontraban rentable desplegar infraestructura. Los pueblos pequeños, las masías aisladas, los valles con poca densidad de población quedaban fuera del mapa digital. Roca y un grupo de vecinos decidieron resolver el problema por su cuenta: si el mercado no iba a conectarlos, ellos se conectarían solos.
El modelo de guifi.net se basa en un principio fundamental: la infraestructura de la red es un procomún. Cada persona o entidad que se conecta aporta un nodo (un router, una antena, un tramo de fibra) que pasa a ser parte del patrimonio común. Nadie es dueño de la red: la red es de todos los que la construyen. Este modelo está formalizado jurídicamente a través de la Licencia Procomún de la Red Abierta (LPRA), un documento legal que establece los derechos y obligaciones de todos los participantes.
Guifi.net en cifras
40.000+ nodos activos · 2004 año de fundación · LPRA licencia jurídica · Osona origen rural catalán
El modelo adaptado a Colombia
Bogotá Mesh no copió el modelo de guifi.net: lo adaptó. Las realidades de una ciudad latinoamericana de ocho millones de habitantes son distintas a las de las comarcas catalanas. En Bogotá, el problema no era tanto la ausencia absoluta de conectividad, sino su distribución desigual, su costo elevado para las familias de menores ingresos y la concentración del mercado en pocos operadores con prácticas oligopólicas.
Desde su fundación en 2008, Bogotá Mesh se propuso construir una red inalámbrica comunitaria usando tecnología WiFi y el protocolo de enrutamiento B.A.T.M.A.N., corriendo sobre firmware libre basado en OpenWrt. La idea era que cada participante instalara un nodo en su techo —un router de bajo costo con una antena apropiada— y que ese nodo se conectara automáticamente con los nodos vecinos, formando una malla que crecía orgánicamente.
A diferencia de guifi.net, que con el tiempo desplegó fibra óptica y estableció acuerdos de peering con operadores comerciales, Bogotá Mesh se mantuvo en el dominio inalámbrico puro. Esto tenía ventajas —menor costo de despliegue, mayor velocidad de expansión, independencia total de infraestructura ajena— y limitaciones —menor ancho de banda, mayor sensibilidad a interferencias, dependencia de la línea de visión entre antenas.
ISP comercial vs. red comunitaria
Para entender el valor de una red comunitaria, conviene contrastarla con el modelo convencional de un proveedor de servicios de Internet (ISP) comercial.
Diferencias estructurales
Propiedad — ISP: corporación privada · Red comunitaria: la comunidad (procomún)
Motivación — ISP: rentabilidad para accionistas · Red comunitaria: conectividad como derecho
Gobernanza — ISP: decisiones corporativas cerradas · Red comunitaria: asambleas, licencias abiertas
Cobertura — ISP: donde es rentable · Red comunitaria: donde hay comunidad organizada
Neutralidad de red — ISP: sujeta a regulación variable · Red comunitaria: principio constitutivo
Vigilancia — ISP: registros que pueden ser solicitados · Red comunitaria: arquitectura que minimiza captura de datos
La comparación no busca demonizar a los ISP comerciales —cumplen una función legítima en la sociedad de la información— sino mostrar que existen alternativas. La red comunitaria no es la solución a todos los problemas de conectividad, pero es una solución viable para contextos específicos: comunidades rurales aisladas, barrios populares con servicio precario, colectivos que valoran la autonomía digital, situaciones de emergencia donde la infraestructura comercial se cae.
Soberanía tecnológica
Detrás de la idea de red comunitaria hay un concepto político profundo: la soberanía tecnológica. La idea de que las comunidades —y no solo los Estados o las corporaciones— pueden y deben tener control sobre las tecnologías que las atraviesan.
Esta noción tiene raíces antiguas. Desde los años setenta, movimientos como la tecnología apropiada de Schumacher o la cibernética de salvación social de Stafford Beer plantearon que la tecnología debe estar al servicio de las comunidades, no al revés. En el ámbito digital, el movimiento del software libre articuló estas ideas en cuatro libertades fundamentales: usar, estudiar, modificar y redistribuir el código. Las redes comunitarias extienden esa lógica al hardware y a la infraestructura de telecomunicaciones.
En el caso colombiano, la noción de soberanía tecnológica adquiere matices propios. País con larga historia de exclusión digital, con brechas profundas entre lo urbano y lo rural, entre estratos altos y bajos, Colombia ha sido escenario de múltiples iniciativas que buscan democratizar el acceso a la tecnología. Bogotá Mesh fue una de ellas, pero no la única: RedLibre.co, las redes comunitarias del Cauca, los proyectos de telecomunicaciones indígenas en la Amazonía han escrito otras páginas de la misma historia.
Más allá de la conectividad
Una red comunitaria no es solo una alternativa de conexión a Internet. Es también un dispositivo de aprendizaje colectivo, un espacio de convivencia, una práctica política. Cuando los vecinos de un barrio se reúnen para instalar un nodo en un techo, están haciendo algo más que tirar cables: están construyendo confianza, están compartiendo conocimiento, están ejerciendo una forma de ciudadanía activa.
Los talleres de Bogotá Mesh no enseñaban solo a configurar routers. Enseñaban a leer un manual técnico, a colaborar en grupo, a documentar lo aprendido para que otros pudieran replicarlo. Eran, en cierto modo, ejercicios de pedagogía emancipatoria —siguiendo la tradición de Paulo Freire— aplicada al dominio de las telecomunicaciones.
Esa dimensión pedagógica es quizá uno de los legados más duraderos de las redes comunitarias. Aún cuando una red específica deje de operar, las personas que aprendieron en sus talleres conservan ese conocimiento. Y ese conocimiento es difícil de monopolizar: una vez que una persona sabe cómo construir un nodo mesh, sabe que la infraestructura no es un misterio reservado a los ingenieros de las grandes empresas. Sabe que ella misma puede construirla.
El presente y el futuro
La red de Bogotá Mesh sigue operando hoy con un modelo evolucionado que combina nodos comunitarios, archivo técnico y distribución de firmware libre. En la última década, las redes comunitarias han ganado reconocimiento institucional creciente. La Internet Society ha publicado guías sobre cómo apoyar redes comunitarias en países en desarrollo. La Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) ha mapeado iniciativas en todo el mundo. La Comisión Interamericana de Telecomunicaciones ha incluido las redes comunitarias en sus marcos regulatorios.
En Colombia, la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) abrió en 2021 una consulta pública sobre redes comunitarias, reconociendo formalmente su existencia y proponiendo marcos regulatorios que faciliten su operación. Es un paso adelante, aunque modesto: el verdadero reconocimiento llegará cuando el Estado no solo permita las redes comunitarias, sino que las apoye activamente como complemento legítimo del despliegue comercial de telecomunicaciones.
Mientras tanto, los principios que inspiraron a Bogotá Mesh siguen vigentes. La red, en su sentido más profundo, no es un servicio: es una infraestructura común. Y como toda infraestructura común, es responsabilidad de quienes la usan construirla, mantenerla y heredarla a las próximas generaciones. La pregunta «¿de quién es la red?» tiene una respuesta posible: la red es de quienes la cuidan.
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